EL LABORATORIO. ¿DÓNDE “HACER CIENCIA”?
¿Dónde “hacer ciencia”? La pregunta puede parecer ridícula. La primera respuesta que se nos viene a la cabeza es: “¡Pues en un laboratorio!”, lugar evidente para desarrollar conocimientos en un ámbito concreto. El diccionario histórico de la lengua francesa (Rey, 1998, pág. 1955) –referencia obligada para este ejercicio de redefinición del vocabulario de Laboreal– describe el recorrido del significado de la palabra a partir de su creación relativamente tardía en el siglo XVII en Francia (1620). Como término científico, se formó a partir del verbo latino laborare: esforzarse, labrar (la forma de trabajo físico más extendida en la época). Al principio designaba un “local dotado de medios para realizar experimentos, investigaciones y preparaciones científicas” que exige un equipo concreto, como es el caso de los boticarios (1620) o los químicos (1671). Un siglo más tarde, el término se aplicaba también al destilador y al “local donde prepara sus productos” (1727), lo cual se parece a la química. A finales de ese siglo, se designaba también como “laboratorio” a una parte de un objeto técnico concreto, el horno de reverbero, “donde tienen lugar los intercambios de calor y las reacciones químicas” (1757). Más adelante, el sentido pasó a ser figurado y se extendió al “lugar donde se realizan las investigaciones intelectuales, donde se estudia” (1765). En la actualidad, encontramos los dos sentidos para nombrar los lugares donde se hace ciencia, ya sea en el campo de las ciencias físicas y biológicas en el que se lleva a cabo experimentación o en el de las ciencias humanas y sociales, incluso aunque no se lleve a cabo ninguna experimentación. En cambio, cabe destacar que el lugar donde se efectúa un trabajo manual no ha tenido derecho desde hace mucho tiempo a esta denominación de “laboratorio”.
En el lenguaje científico actual, el término opuesto a “laboratorio” como lugar de investigaciones experimentales y donde trabajan los científicos sería “el estudio de campo”, lugar de investigaciones empíricas y donde trabajan los profesionales de la intervención.
Entonces, ¿Por qué se plantea la pregunta? ¿Dónde hacer ciencia? Cuando hablamos de las ciencias del trabajo: ¿Dónde es legítimo elaborar conocimientos válidos sobre las personas en el trabajo y, más aún, conocimientos que permitan actuar sobre el trabajo a fin de desarrollar la salud y las competencias de los trabajadores, asegurando, al mismo tiempo, la calidad del trabajo?
¿Investigación de laboratorio O de campo? ¿Investigación de laboratorio Y de campo? ¿Y cómo hacer ciencia en uno y otro caso?
¿Quién la hará y con quién?
Tradicionalmente, hasta finales de la década de 1960, nadie dudaba de que los que experimentaban en el laboratorio producían ciencia, lo cual asigna a los investigadores de campo un papel secundario, ya que se limitarían a aplicar en el campo–es decir, a los problemas planteados en la empresa– los conocimientos fundamentales producidos en el laboratorio. ¡Si no estás en el laboratorio, no recibes alabanzas ni reconocimientos del mundo académico!
Sin duda los jóvenes ergónomos y psicólogos del trabajo del siglo XXI se sorprenderán al descubrir la existencia de este debate teórico-práctico en torno a una cuestión que ha dejado hace mucho de plantearse en su entorno. Ahora, prácticamente todas las investigaciones son de “campo”, según un proceso que suele asociar estrechamente investigación e intervención (conocimientos y acción) y nadie tiene ya nada que objetar.
Sin embargo, este nuevo enfoque fue objeto de polémicas apasionadas y de tensas posturas durante veinte años (de la década de 1960 a la de 1980), dentro del periodo del surgimiento de la ergonomía en Francia. Aparecieron una serie de manifestaciones científicas y publicaciones sobre este tema de “dónde hacer ciencia”, algunas de las cuales defendían la idea de que podían articularse los dos enfoques teniendo cada uno sus ventajas e inconvenientes (Teiger, Laville y Dessors, 1979-80). Visto en perspectiva, constatamos que la década de 1965-1975 constituyó un periodo de transición, el momento del complicado paso de un paradigma de investigación a otro, es decir, del laboratorio al campo. La cuestión esencial sigue siendo saber cuál es el objetivo buscado y qué significado tienen estos lugares en relación con la cuestión del trabajo, los agentes implicados y los criterios de calidad de los conocimientos admitidos. Esta nueva era (la coexistencia de dos paradigmas es lo que nos interesa en este caso), instaurada durante la década de 1970, duró poco tiempo. Progresivamente, el paradigma experimental puro desapareció sin duda debido a diversos factores: la creciente complejidad de las actividades laborales ligadas a la informatización y a la automatización que hizo que la simulación de las tareas, tan de moda en la década de 1960, fuera cada vez más difícil a pesar de que este método sigue en vigor (Béguin y Weill-Fassina, 1997); el carácter indudablemente lento de este enfoque doble; y la existencia de medios más sofisticados de registro y tratamiento de las observaciones, como el software Actogram Kronos (Kerguelen, 2008). Por el contrario, aquello a lo que se le concedía menos importancia, siendo la base metodológica de la ergonomía de la época, eran: observaciones, mediciones y entrevistas; debido, puede ser también, a una mayor aceptación del método inductivo en los entornos de investigación sobre el trabajo, que admiten, en la actualidad, que los resultados obtenidos de esta forma no son más que “anécdotas” (Duraffourg, 2013, pág. 147) sin valor heurístico.
Es así como tomamos conciencia de que una disciplina científica es algo vivo y que se construye con paradigmas cuya evolución es incesante, como nos lo recuerda Thomas Khun (1962) y que, a veces, es bueno mirar atrás voltearse para ver de dónde se viene. La historia de la “ergonomía francófona” (llamada de la actividad) es un buen ejemplo de ello.
¿Qué sucedió durante este periodo que corresponde también a una creciente valorización de las investigaciones orientadas por el cambio que hay que llevar a cabo en “la realidad laboral”, con los demás actores implicados? Dos causas convergentes provocaron esta revolución: sin duda los nuevos aires sobre todo, en sociología, la teorización de la investigación cualitativa e inductiva con la grounded theory o “teoría fundamentada” de Glaser y Strauss (1967) y, también, en ese final de la década de 1960, la irrupción de “la demanda social” sobre las cuestiones de salud laboral). Dicha “demanda” fue llevada por las organizaciones sindicales a los lugares de investigación, como el Conservatorio Nacional de Artes y Oficios (CNAM), como resultado del conocido compromiso de Alain Wisner (director del Laboratorio de Fisiología del trabajo-Ergonomía) en relación con la salud en el trabajo. No obstante, los conocimientos científicos disponibles – conocimientos fragmentados, debido sobre todo a los efectos del entorno material sobre las funciones psicofisiológicas aisladas– son inadecuados para responder a estas demandas “globales” que van desde las alteraciones del sueño a la fatiga nerviosa, pasando por los dolores de espalda y el desgaste precoz... Ahora bien, ya en 1965 Wisner pudo definir así la ergonomía dirigiéndose a los sectores industriales:
«La ergonomía integra los conocimientos de la fisiología, psicología y ciencias cercanas aplicadas al trabajo humano con la perspectiva de una mejor adaptación al hombre de los métodos, los medios y los entornos laborales […] Se basa únicamente en resultados experimentales obtenidos en el ser humano común y únicamente propone al usuario datos limitados pero que poseen un grado elevado de certeza.» (p. 203) traducción libre.
Sin embargo, veinte años más tarde, pudo escribir (Wisner, 1985 p. 33):
«El futuro mostrará que la observación del ser humano en el trabajo es una fuente importante de saber científico fundamental. El error persistente que subrayo me parece ligado al valor concedido
Diccionario
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Artículo incluido en la edición Volumen XI :: No.1 :: 2015
